
La primera vez que se lo propongo a un grupo, siempre hay una pausa. Cerrar los ojos en medio de una ronda, rodeada de gente que también se está moviendo, da un poco de vértigo — y está bien que así sea.
Lo que suele pasar después es que el cuerpo empieza a guiar el movimiento en vez de la mirada. Sin la referencia visual de los demás, cada persona se mueve un poco más desde adentro: menos pendiente de "cómo se ve", más atenta a "cómo se siente".
No es un ejercicio de confianza ciega ni una prueba de valentía. Es simplemente una manera de bajar el volumen del juicio propio, aunque sea por un par de minutos. Muchas personas cuentan que ahí, con los ojos cerrados, encuentran un movimiento que no sabían que tenían.
Si te da curiosidad probarlo, no hace falta esperar a sentirte lista — la propuesta siempre es voluntaria, y podés abrir los ojos en el momento que quieras.

Una explicación breve sobre la lógica del sistema y su origen.
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Testimonios cortos de quienes vienen encontrándose semana a semana.
Leer nota →Un vistazo a lo que tengo en cuenta antes de armar una vivencia.
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